Teresa Berganza

Una voz, un carácter
A pesar de la intensa relación artística que unió a mi padre, el director de orquesta Ataúlfo Argenta, con la entonces jovencísima Teresa Berganza, yo no la conocí hasta veinticinco años después de la muerte de mi padre. Tras un maravilloso recital en el Teatro Real de Madrid, me di cuenta de que tenía que haber intentado conocerla mucho antes. El abrazo que me dio y la emoción que nos embargó a los dos los recordaré toda mi vida.

Artísticamente ya conocía a la Berganza que todos conocemos, es decir, la increíble belleza de su voz y la emotividad y justeza de sus interpretaciones, que la han llevado a ser una de las mejores mezzosopranos del siglo, e insuperable cuando canta cierto repertorio mozartiano, español o rossiniano. Pero con su amistad he conocido su honradez profesional y su total respeto hacia sus convicciones y hacia los autores y sus obras.

Retrato de la mezzosoprano Teresa Berganza
Hay multitud de hechos que dan idea de la integridad y del orgullo profesional de la Berganza, pero me voy a permitir contar uno: Creo que es conocido por todos el fuerte carácter y la omnipotencia que exhibía el mito de la dirección orquestal Herbert von Karajan. Sus indicaciones, y muchas veces sus malos modos, eran tenidos como órdenes de inexcusable cumplimiento si uno no quería ver truncada su carrera. Pues bien, en 1958 contratan a una jovencísima Berganza para cantar el Cherubino de Las bodas de Fígaro en la Ópera de Viena, con Karajan de director. Ella venía de obtener sus tres primeros grandes triunfos. El primero, en su debut internacional de la mano de mi padre en 1957 en París. El segundo, el festival de Aix en Provence, y el tercero, en Nueva York, junto a la Callas. Así que para ella era importantísimo no cortar esa racha. En su contrato con la Ópera de Viena se especificaba un número determinado de ensayos, que no se cumplían por estar el maestro en Berlín. Teresa, a pesar de su juventud, apenas 22 años, exige la presencia de Karajan. Aquello obliga a Karajan a ir a Viena y, con un humor de perros, él mismo al piano, repasa la partitura con Teresa ante el resto del elenco. En un determinado momento, se para y le dice: “Señorita, esto no tiene musicalidad”. ¡Para qué queremos más! Allí le salió a Teresa ese orgullo, esa raza y ese casticismo que le han caracterizado, y respondió al todopoderoso Karajan: “Mire, usted me puede decir que no le gusta el timbre de mi voz o que no está de acuerdo con mi interpretación, pero ¿que no tengo musicalidad? ¡Yo tengo más musicalidad que usted y que todos estos señores juntos!” Karajan cerró de un puñetazo el piano, se levantó y dijo con suficiencia: “El ensayo se ha acabado”. No, el ensayo no se acabó, Teresa sacó todavía más carácter y, contrato en mano, obligó al maestro a continuar.

No sé cuántos años nos quedan de poder disfrutar de Teresa Berganza en un escenario, pero cuando el momento de su retirada llegue, nadie le va a quitar el puesto de honor que ya tiene en la historia de la música, todo lo que ha hecho por el canto, ni tampoco nos van a quitar a los españoles el orgullo de ser sus compatriotas. Por todo ello, gracias Teresa.

Texto: Fernando Argenta (Músico y periodista)
Imagen: Fernando Marsá y Paz Cogollor.

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