La Cibeles

He besado a la Cibeles, que está sola y sin marido...

 
Joaquín Sabina y la diosa Cibeles en Madrid
Cuando las cartas salen malas y van los dioses a lo suyo, el silencio te apuñala y te hipoteca el orgullo. El sol te pega un bofetón, las calles se amontonan, no llegas a la cita, los bares coleccionan ansiedad, las fuerzas te abandonan, la sangre se encabrita, se marchita el carnaval, se afilan las navajas, se rompen las barajas, el futuro imita al cobrador del frac.
 

Agonizan las verbenas, las penas se repiten, los trenes se equivocan de ciudad, los huesos se derriten, se gangrena la amistad, hay demasiadas madrugadas que amanece nublado el corazón y demasiadas pocas veces se merece la vida una canción, demasiadas noches paso solo dormido al raso con un oso y un madroño bajo el reloj de la Puerta del Sol.

Pero esta noche, bajo una luna de neón, he besado a la Cibeles, que está sola y sin marido, para abrigarle el corazón. Los ángeles blasfeman, las secretarias lloran, el teléfono se olvida de sonar, los celos te devoran a la hora de la soledad. Los niños nacen viejos. Cuando conspiran los espejos, la noche sabe a carne de cañón y el corazón, hecho un guiñapo, como la lluvia en Buenos Aires. Los viejos calcetines de ocasión, como dos lágrimas de trapo, como un domingo por la tarde al volver del cine a la pensión.

Texto: Joaquín Sabina   Imagen: Fernando Marsá y Paz Cogollor.

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